bancos centrales

Estos días los bancos centrales, los gobiernos y por supuesto los ciudadanos de a pie, andamos preocupados como es lógico por la inflación y la subida de los precios al consumo.

Habría que remontarse hasta comienzos de los años 90 para ver tasas semejantes a las actuales (IPCs en países desarrollados superiores al 5%), aunque en ese momento los precios eran más fáciles de explicar, ya que había un conflicto armado en oriente próximo que hizo que los precios del crudo se apreciasen desde los 15$ dólares el barril, hasta los más de 36$ a finales del año. Un shock brutal.
 
Si tenemos en cuenta que la dependencia al crudo y al gas en los últimos 40 años se ha ido reduciendo en el mundo gracias a la agenda de desarrollo sostenible

“¿Cómo es posible que estemos en la misma situación, cuando los precios del petróleo no han subido en el año 2021,tanto?”

Esta pregunta es muy difícil de explicar y para responderla, probablemente sería necesario publicar un artículo diferente.

Hay muchos factores confluyendo en la actualidad:

  • la salida del confinamiento
  • la estructura impositiva de los hidrocarburos
  • los márgenes empresariales
  • el coste de la distribución
  • el grado de apertura de las economías
  • la capacidad de los puertos etc.

En cualquier caso hay una certeza que debe ser reconocida por todos los poderes públicos. 

Esta inflación no es coyuntural

Si analizamos las series históricas de precios, no hay evidencia de que incrementos tan significativos como el actual, hayan sido precedidos por moderación o correcciones que de alguna manera compensen la tendencia. Son simplemente cambios de escala. El índice de precios al consumo puede moderarse, esperemos que lo haga, pero la inflación será alta durante muchos meses. Esta inflación es estructural, en mi opinión, esta cuestión es indudable y discrepo frontalmente del criterio de ciertos analistas que comentan lo contrario.

La mayoría de las empresas privadas tienen flexibilidad a la hora de aumentar sus tarifas a medida que aumenta la inflación. Intentar contener los salarios es simplemente una medida parcial de eficacia relativa, de dudosa moralidad y poco sostenible en el tiempo.

Una inflación alta tiene sus ventajas, ayuda a pagar las deudas (una gran tentación en situaciones de déficit público como la actual), estimula una falsa sensación de ilusión monetaria, pero tiene efectos negativos mucho más perniciosos. Por ejemplo, aumenta la incertidumbre sobre las divisas, desincentiva la inversión, produce distribuciones arbitrarias de los ingresos y la riqueza dentro de las naciones, y en definitiva es un problema muy serio que todos los bancos centrales tendrán que atajar.

Salvando el caso especial de Japón, algunos bancos centrales lo harán más temprano, otros lo harán más tarde, pero la subida de tipos de interés es inevitable y se puede hacer de muchas maneras:

Reduciendo los programas de compra de deuda (tapering) o aumentando directamente los tipos de interés a través: 

  • de la facilidad marginal de crédito para los préstamos a un día que se le da a los bancos
  • del tipo principal de financiación al que los también los bancos pueden obtener regularmente financiación
  • o bien mediante el tipo de depósito que reciben las entidades como consecuencia de sus fondos en el banco central

Como se desprende de este análisis, un sistema financiero saludable es fundamental para hacer política económica y preservar la riqueza de las naciones.

Las entidades financieras tienen un papel esencial en la economía y son imprescindibles para contener los precios. Como se ha demostrado en anteriores ocasiones, el sistema está preparado y funcionará, solo es necesario mantener un cierto consenso.

¡Sin duda contar con buenos equipos marca la diferencia!​

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